La casa de vapor
La casa de vapor Convinieron en marchar al día siguiente para Bombay. El primer tren debía llevar todos los huéspedes de la «Casa de Vapor» a la capital de la India occidental. Y esta vez sería la vulgar locomotora la que los conduciría con toda celeridad, y no el infatigable Gigante de Acero, del cual no quedaba más que restos informes.
Pero ni el capitán Hod, su gran admirador, ni Banks, su creador ingenioso, ni ninguno de los miembros de la expedición, debían olvidar jamás aquel fiel animal al cual habían concedido casi una vida verdadera. Por largo tiempo, el ruido de la explosión que lo había aniquilado debía resonar en su corazón.
Así, no se extrañará que, antes de salir de Yubbulpore, Banks, el capitán Hod, Maucler, Fox y Gumí, quisieran volver al teatro de la catástrofe.
No había ya que temer de la banda de dacoits. Sin embargo, para mayor precaución, cuando el ingeniero y sus compañeros llegaron al destacamento de los Vindya, se les unió una partida de soldados, y a las once llegaron a la entrada del desfiladero.
Lo primero que vieron fueron cinco o seis cadáveres mutilados esparcidos por el suelo. Eran los de los indios que se habían arrojado sobre el Gigante de Acero para desatar a Nana Sahib.