La casa de vapor
La casa de vapor Nada tenían ya que temer sir Edward Munro y sus camaradas, ni del nabab, ni de los indios que les seguían, ni de aquellos dacoits con los cuales había formado una tropa temible en aquella parte del Bundelkund.
Al ruido de la explosión, los soldados del destacamento de Yubbulpore salieron en número imponente, y los compañeros de Nana Sahib que quedaban, encontrándose sin jefe, emprendieron precipitada fuga.
El coronel Munro se dio a conocer, y media hora después todos llegaban a la estación, donde encontraron en abundancia lo que les faltaba, y particularmente los víveres de que tenían tan urgente necesidad.
Lady Munro fue alojada en una de las mejores posadas, mientras llegaba el momento de conducirla a Bombay. Allí, sir Edward Munro esperaba devolver la vida del alma a aquella que no vivía más que con la vida del cuerpo, y que estaría siempre muerta para él mientras no recobrase la razón.
A decir verdad, ninguno de sus amigos había perdido la esperanza de la próxima curación de lady Munro. Todos esperaban confiadamente este acontecimiento, único que podía modificar la existencia del coronel.