La casa de vapor
La casa de vapor Pero ¿qué esperaba Nana Sahib? Hacía ocho años que la rebelión de los cipayos estaba dominada completamente; el Gobierno inglés había remplazado poco a poco a la ilustre Compañía de las Indias y tenía la península entera bajo una dominación mucho más fuerte que la de aquellas sociedades de mercaderes. De la rebelión no quedaban vestigios ni siquiera en las filas del ejército indígena, enteramente reorganizado sobre nuevas bases. ¿Pretendía Nana fomentar un movimiento insurreccional entre las clases bajas del Indostán? Poco se tardará en conocer sus proyectos; en todo caso, lo que no ignoraba ya era que su presencia había sido notada en la provincia de Aurangabad; que el gobernador general había comunicado la noticia al virrey residente en Calcuta, y que su cabeza había sido pregonada. Lo cierto era que había tenido que huir precipitadamente, y refugiarse otra vez en un lugar tan oculto que pudiera burlar las pesquisas de los agentes de la policía anglo-india.
Durante la noche del 6 al 7 de marzo, no perdió una hora de tiempo. Conocía perfectamente el país y resolvió dirigirse a Ellora, situada a veinticinco millas de Aurangabad, donde se hallaba uno de sus cómplices.