La casa de vapor

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Así parecía, en efecto. Pero si algún curioso se hubiera atrevido a tocar con su mano al enorme animal, todo se hubiera explicado. No era más que una imitación sorprendente, una máquina que tenía todas las apariencias de la vida, aun contemplada de cerca. Aquel elefante era de acero y encerraba en su interior una locomotora de caminos ordinarios.

En cuanto al tren, o sea, a la «Casa de Vapor», para emplear la calificación que le conviene, era la habitación portátil prometida por el ingeniero.

El primer coche, o, mejor dicho, la primera casa, servía de habitación al coronel Munro, al capitán Hod, a Banks y a mí.

La segunda estaba destinada para el sargento MacNeil y para los dependientes que formaban el personal de la expedición.

Banks había cumplido su promesa y el coronel Munro la suya. Por eso, en la mañana del seis de mayo, habíamos salido en aquel tren extraordinario para visitar las regiones septentrionales de la península india.

Pero ¿con qué fin se había construido aquel elefante artificial? ¿Por qué semejante capricho, tan contrario al espíritu práctico de los ingleses? Hasta entonces nadie había imaginado dar a una locomotora destinada a circular, ya por los caminos ordinarios, ya por los carriles de hierro, la forma de un cuadrúpedo cualquiera.


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