La casa de vapor
La casa de vapor —Pues bien, antes de morir —respondió el ingeniero—, no solamente estaba vivo, sino que vivÃa de muy distinta manera que los demás. Gustaba de todo género de lujo y de fiestas; querÃa ver satisfechos todos sus caprichos y no se negaba nada de lo que le pasara por la cabeza. Su cerebro gustaba imaginar lo imposible, y si su tesoro no hubiera sido inagotable, se habrÃa agotado en realizar tantas cosas como imaginaba. Era rico como los nabab de la antigüedad, y los lakhs de rupias y el oro abundaban en sus cajas. Si alguna vez tenÃa disgustos era por no poder gastar su dinero de una manera un poco menos vulgar que sus colegas los millonarios. Un dÃa se le ocurrió una idea que pronto tomó posesión de su ánimo y no le dejó dormir; era una idea que hubiera puesto orgulloso a Salomón y que habrÃa realizado seguramente si hubiese conocido el vapor. ConsistÃa en viajar de una manera absolutamente nueva hasta entonces y tener un tren como nadie hubiera podido soñarlo. Me conocÃa; me llamó a su corte y me dibujó, por sà mismo, el plano de su aparato de locomoción.