La caza del meteoro
La caza del meteoro Se solía decir en el lenguaje familiar: «¿Quién? ¿Zephyrin Xirdal...? ¡Qué tipo!» Tanto en lo físico como en lo moral era, en efecto, Zephyrin Xirdal un personaje muy singular.
Un cuerpo largo, desmadejado; camisa frecuentemente sin cuello, y siempre sin puños; pantalón en forma de tirabuzón; chaleco al que faltaban dos botones de cada tres; chaquetón inmenso, con los bolsillos llenos de objetos diversos; todo ello muy sucio y cogido al azar de un montón de trajes sueltos; tal era el aspecto general de Zephyrin Xirdal y tal su manera de comprender la elegancia. De sus espaldas, encorvadas como el techo de una cueva, pendían brazos kilométricos, terminados por enormes manos velludas —de una prodigiosa destreza, sin embargo—, a las que su propietario no ponía en contacto con el jabón más que a intervalos indeterminados.
Si la cabeza, como en todo el mundo, era el punto culminante de su persona, era porque no había podido ser de otro modo.
