La caza del meteoro
La caza del meteoro Ya estaba perfectamente conocido el bólido. Con el pensamiento cuando menos, se le había dado la vuelta. Habíase determinado su órbita, su velocidad, su volumen, su masa, su naturaleza, su valor. Ya ni siquiera causaba inquietud, puesto que, siguiendo su trayectoria con un movimiento uniforme, no se hallaba destinado a tocar nunca sobre la tierra. Nada más natural por consiguiente, que la atención pública dejase de fijarse en aquel meteoro inaccesible, que había perdido todo su misterio.
Sin duda que, en los observatorios, algunos astrónomos lanzaban todavía, de tiempo en tiempo, una mirada rápida sobre la esfera de oro que gravitaba por encima de sus cabezas, pero se apartaban de él en seguida, para fijarse en otros problemas del espacio.
La Tierra poseía un segundo satélite; he ahí todo. Pero que ese satélite fuese de hierro o de oro, ¿qué podía eso importar a los sabios, para quienes el mundo apenas es otra cosa que una abstracción matemática?
