La caza del meteoro
La caza del meteoro El juez John Proth, aquella mañana, estaba asomado a su ventana, mientras que su sirvienta Kate iba y venÃa por la habitación. Que el bólido pasase o no por encima de Whaston era cosa que le tenÃa completamente sin cuidado; sin género alguno de preocupaciones, recorrÃa él con la mirada la plaza de la Constitución, sobre la que se abrÃa la puerta de su pacÃfica morada.
Pero lo que Mr. Proth juzgaba sin interés, no dejaba de tener alguna importancia para Kate.
—AsÃ, pues, señor, ¿serÃa de oro? —preguntó ella, deteniéndose ante su amo.
—Asà parece —contesto el juez.
—No tiene trazas la cosa de producirle gran efecto.
—Exacto.
—Y, sin embargo, si es de oro debe valer muchos millones.
—Millones y millares de millones, Kate... SÃ; son unos cuantos millares de millones los que se pasean por encima de nuestra cabeza.
—¡Y que van a caer, señor'
—Asà lo dicen, Kate.
—No obstante...
