La caza del meteoro
La caza del meteoro Si un anarquista hubiese arrojado una bomba en medio de la octava reunión preparatoria, no habría alcanzado un efecto comparable al obtenido por esta nota. Los periódicos que la insertaron llenaron columnas enteras con reflexiones y comentarios. La tarde entera se pasó en conversaciones y en cambios de puntos de vista, con gran perjuicio de los laboriosos trabajos de la Conferencia.
Los días siguientes fue aún peor.
Las notas de Lowenthal iban, en efecto, sucediéndose, y cada vez eran más sorprendentes. El bólido parecía danzar un baile sin orden ni medida. Tan pronto su órbita se inclinaba tres grados al Este como se desplazaba cuatro hacia el Oeste. Si en una de sus apariciones sobre el horizonte parecía haberse aproximado algo a la Tierra, habíase alejado en la otra muchos kilómetros.
Aquello era para volverse loco.
Esta locura invadía poco a poco la Conferencia Internacional. Inciertos acerca de la utilidad práctica de sus discusiones, los diplomáticos trabajaban sin ganas y sin ninguna voluntad firme de terminar.
El tiempo, no obstante, iba deslizándose, y de los diversos puntos del mundo fueron llegando los delegados de las naciones.
Los miembros de la reunión preparatoria determinaron, por fin, que fueran cincuenta y dos los estados cuyos representantes serían admitidos a las sesiones.