La caza del meteoro
La caza del meteoro Una muchedumbre numerosa asistía en la mañana del 27 de julio a la partida del vapor Mozik, que iba a abandonar Charleston, el gran puerto de la Carolina del Sur.
Tal era la anuencia de curiosos deseosos de trasladarse a Groenlandia, que desde hacía muchos días no había ya un solo camarote disponible a bordo de aquel buque de mil quinientas toneladas, y eso que no era el único que partía con tal destino. Muchos otros buques de diferentes nacionalidades se disponían a remontar el Atlántico hasta el estrecho de Davis y hasta el mar de Baffin, más allá del círculo polar ártico.
Esa afluencia nada tenía de sorprendente en el estado de sobrexcitación de los espíritus, desde la famosa comunicación de J. B. K. Lowenthal.
Este sabio astrónomo no podía equivocarse; después de haber censurado tan enérgicamente a Mr. Dean Forsyth y al doctor Sydney Hudelson, no se habría expuesto a merecer iguales reproches. Verdaderamente inexcusable hubiera sido hablar a la ligera en circunstancias tan excepcionales.
Debían tenerse, por consiguiente, sus conclusiones como absolutamente ciertas. El bólido debía caer sobre el suelo de Groenlandia.
