La caza del meteoro

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Es muy dudoso que este modo de ver de los dos jóvenes fuese compartido por los numerosos pasajeros del Mozik y de otros buques de todas naciones, anclados a la sazón ante Upernivik.

Desde el día siguiente al de la llegada, una muchedumbre, compuesta de elementos muy diversos, se extendió en torno de algunas casitas de madera, la principal de las cuales enarbolaba la bandera blanca con la cruz roja de Groenlandia. Jamás habían visto groenlandeses y groenlandesas desfilar tanta gente ante sus casas y por su país.

La llegada de semejante número de extranjeros a la isla de Upernivik provocó una gran sorpresa a los centenares de indígenas que en ella habitan, y cuando supieron la causa de tal afluencia, no disminuyó su sorpresa, sino más bien todo lo contrario. No ignoraban aquellas pobres gentes que el oro tenía su valor; pero la fortuna no sería para ellos. Si los millones caían sobre la tierra firme, no irían a llenar sus bolsillos, sino que irían a las cajas del Estado, de las que, según es costumbre, no se les vería salir jamás.

Durante las horas de espera, los intrépidos turistas daban largos paseos a través de la isla.

Cinco días habían transcurrido desde la llegada del Mozik, cuando en la mañana del 16 de agosto un último buque fue señalado cerca de Upernivik.


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