La caza del meteoro
La caza del meteoro La muchedumbre de curiosos no tenía que hacer otra cosa sino partir, puesto que su curiosidad estaba ya satisfecha.
¿Satisfecha...? No es muy seguro. ¿Valía aquel desenlace las fatigas y los gastos de un viaje semejante? Haber visto el meteoro, sin poder acercarse a él, sino a una distancia de cuatrocientos metros, no era un gran resultado. Había, sin embargo, que conformarse con él.
Fue, en suma, una suerte. Seis trillones de oro lanzados a la circulación, habrían depreciado extraordinariamente este metal, vil para los unos, aquellos que no lo tienen, pero tan precioso al decir de los demás.
No se debía, por consiguiente, lamentar la pérdida de aquel bólido, que no contento con trastornar el mercado de valores del mundo, habría desencadenado tal vez la guerra sobre toda la superficie de la tierra.
Los interesados, sin embargo, tenían derecho para considerar aquel desenlace como una decepción. ¡Con qué tristeza se dirigieron Mr. Dean Forsyth y el doctor Hudelson a contemplar el sitio donde su bólido habían estallado!
