La caza del meteoro

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Capítulo III

¡Con tal que ese intrigante de Dean Forsyth no lo haya visto también!

Así se decía en aquella mañana del 21 de marzo el doctor Sydney Hudelson, hablando consigo mismo en la soledad de su gabinete de trabajo.

Porque él era médico, y, si bien no ejercía su profesión en Whaston, era porque prefería consagrar su tiempo y su inteligencia a más vastas y más sublimes especulaciones. Amigo íntimo de Dean Forsyth, era al mismo tiempo su rival. Arrastrado por una pasión idéntica, como él, sólo tenía ojos para la inmensidad de los cielos, y, lo mismo que su amigo, sólo dedicaba su espíritu a descifrar los enigmas astronómicos del Universo.

El doctor Hudelson poseía una bonita fortuna, tanto por su parte como por la de Mrs. Hudelson née Flora Clarish. Esta fortuna, administrada sabiamente, aseguraba su porvenir y el de sus dos hijas, Jenny y Loo Hudelson, de edad, respectivamente, de dieciocho y quince años. En cuanto al propio doctor, podríamos decir que los cuarenta y siete inviernos acababan de nevar sobre su cabeza, para emplear una frase poética. Esta deliciosa imagen estaría fuera de lugar, toda vez que el doctor Hudelson era calvo a más no poder.


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