La estrella del sur
La estrella del sur —Después de todo —admitió— puede que tengáis razón. Lo cierto es que habláis como excelente muchacho, monsieur Méré. ¡SÃ… reflexionándolo bien, creo que habrá medio de entendernos! ¿Por qué habéis de hacer una cantidad excesiva de diamantes? ¡Éste será el medio más seguro de perjudicar vuestro descubrimiento! ¿No serÃa mejor guardar el secreto con cuidado, usar de él con moderación, fabricar solamente una o dos piedras semejantes a ésta, por ejemplo, o limitaras a vuestro primer éxito, puesto que os asegura de un golpe un capital considerable y hace de vos el hombre más rico del paÃs?… ¡De esta manera, todo el mundo estará contento, las cosas seguirán como en el pasado, y no habréis venido a poneros en medio de nuestros intereses!
Éste era un nuevo aspecto de la cuestión en el que Cyprien Méré no habÃa pensado todavÃa. Pero se presentaba súbitamente ante sus ojos con implacable rigor: o bien guardar para sà el secreto de su descubrimiento, dejarle ignorar al mundo y engañarle para enriquecerse, o bien, como decÃa John Watkins con razón, desprestigiar de un solo golpe todos los diamantes naturales y artificiales, y, por consecuencia, renunciar a la fortuna para llegar… ¿a qué? a arruinar a todos los mineros del Griqualandia, de la India y del Brasil.