La estrella del sur

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—Si me permitís —terció entonces Matakit, que se encontraba aun con sus compañeros—, puedo probar la experiencia.

Este ofrecimiento fue bien pronto aceptado, y los convidados se colocaron alrededor de los cafres: después Matakit, acostumbrado a este papel de adivino, se preparó a comenzar su información.

Ante todo, empezó por aspirar dos o tres tomas de tabaco, sacado de una tabaquera de cuerno que no abandonaba nunca.

—¡Vaya proceder a la prueba de las varitas! —dijo, después de esta operación preliminar.

Fue a buscar en un zarzal veinte varitas, que cortó de igual largo, o sea doce pulgadas inglesas, distribuyéndolas entre los cafres, formados en línea, después de haber tomado una para sí.

—Vais a retiraros durante un cuarto de hora —dijo con tono solemne a sus compañeros y no vengáis hasta que oigáis tocar los platillos. Si el ladrón se encuentra entre vosotros, su varita habrá alargado tres dedos.

Los cafres se dispersaron, visiblemente muy impresionados por este pequeño discurso, sabiendo bien que con los procedimientos de la justicia del Griqualandia estaban pronto cogidos, y, sin tener tiempo de defenderse, todavía más pronto ahorcados.


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