La estrella del sur
La estrella del sur Cuando Cyprien Méré se enteró al día siguiente de lo que había pasado la noche anterior en la comida, su primer propósito fue protestar contra la grave acusación de que era objeto su criado. No podía admitir que Matakit fuese el autor de semejante robo. Más bien hubiera sospechado de Annibal Pantalacci, Herr Friedel, Nathan u otro cualquiera, que le inspiraban escasísima confianza.
Cyprien se repetía una y otra vez:
—Es imposible que sea Matakit.
Pero entonces se presentaban a su memoria algunas dudas a propósito de ciertos latrocinios de que el cafre se había hecho culpable varias veces, aun estando a su servicio. A pesar de todas las amonestaciones de su amo, éste, obedeciendo a su naturaleza, muy elástica en la cuestión de lo propio y lo de los demás, no había podido jamás desprenderse de estos reprobables hábitos.
El ingeniero aguardó en vano durante toda la mañana que Matakit apareciese, no queriendo convencerse de la culpabilidad de su servidor; pero el servidor no volvió. Pudo comprobar igualmente, que el saco que contenía sus economías, varios objetos o útiles necesarios al hombre que va a penetrar en las regiones casi desiertas del África austral, había desaparecido de la cabaña. La duda era imposible.
