La estrella del sur
La estrella del sur —¿Y quién nos impide partir en el momento? —inquirió Cyprien.
—No seré yo —afirmó Pantalacci—. Pero por mi parte, no me pondré en marcha sin hacer mis preparativos. Una buena carreta con su docena de bueyes de tiro y dos caballos de silla, es lo menos que es preciso procurarse para una expedición como la que preveo. Y todo eso sólo se encuentra en Potchefstrom.
¿Hablaba seriamente el napolitano? ¿Era su objeto desanimar a sus rivales? La afirmativa hubiera sido dudosa. Pero forzoso era reconocer que tenÃa razón.
Sin tales medios de locomoción, sin aquellos recursos, hubiera sido una locura internarse hacia el Norte del Griqualandia.
Sin embargo, un equipaje de bueyes, Cyprien no lo ignoraba, costaba de ocho a diez mil francos por lo menos, y, por su parte, no poseÃa cuatro mil.

—Una idea —propuso repentinamente James Hilton, que en su calidad de africander de origen escocés, tenÃa sus tendencias a la economÃa—, ¿por qué no asociarnos los cuatro para esta expedición? Las probabilidades de cada uno no cambiarán por eso, y los gastos podrán repartirse.
—Me parece muy bien —declaró Friedel.
—Acepto —contestó Cyprien sin titubear.