La estrella del sur

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XIV. Por el Limpopo

Con el fin de hallar un vado para cruzar el Limpopo, perdieron tres días investigando y sondeando y aun quizá no lo hubieran descubierto, de no ser algunos cafres macalaccas que rondaban a la orilla del río y que se encargaron de guiar la expedición.

Los macalaccas son unos pobres diablos de ilotas, que la raza superior de betchuanas tiene en servidumbre, obligándoles a trabajar sin remuneración alguna, tratándolos con extremada dureza y, lo que es peor aún, prohibiéndoles, bajo pena de muerte, el comer carne. Así que estos desgraciados cafres pueden con toda libertad matar la caza que topen en su camino, pero con la condición de llevársela a sus señores y dueños. Éstos sólo les dejan las entrañas, como hacen con sus perros los cazadores blancos.

Un macalacca no tiene nada de su propiedad, ni una choza, ni una calabaza. Va casi desnudo, flaco, descarnado, llevando a guisa de banderola intestinos de búfalo que podrían tomarse desde lejos por algunas varas de budín negro. Estos intestinos son en realidad los odres en los que llevan su provisión de agua.


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