La estrella del sur
La estrella del sur Entre tanto, los que dormían, despertados por el rugido, seguido de una detonación, llegaban a toda prisa al lugar de la lucha. Retiraron a Cyprien, medio aplastado bajo el peso de la enorme bestia, y examinaron todas sus heridas, que por fortuna sólo eran superficiales. Li las vendó simplemente con algunas telas mojadas en brandy, le reservaron el mejor sitio en el fondo de la carreta, y bien pronto todo el mundo volvió a dormirse bajo la guardia de Bardik, que quiso velar hasta la madrugada.
Apenas amaneció, cuando la voz de James Hilton, suplicándoles a sus compañeros que viniesen en su ayuda, les anunció un nuevo accidente. James Hilton se hallaba acostado vestido en la delantera de la carreta, a través de la baca, y hablaba con el acento del más vivo espanto, sin atreverse a hacer un movimiento.
—Tengo una serpiente enroscada en torno a mi rodilla derecha, bajo el pantalón —hizo saber—. ¡No os mováis, o estoy perdido! Sin embargo, ved lo que es posible hacer.
Sus ojos parecían dilatados por el terror. Su rostro, cubierto de una lívida palidez. Al nivel de su rodilla derecha se distinguía, bajo la tela azul de su vestido, la presencia de un cuerpo extraño, una especie de cable arrollado a su pierna.