La estrella del sur
La estrella del sur En la respuesta que recibiera de mister Watkins, lo que más le dolía a nuestro joven francés, era que no podía menos de reconocer un gran fondo de razón bajo la rudeza excesiva de la forma.
Al reflexionar sobre ello, se admiraba de que no se le hubieran ocurrido las objeciones que el granjero acababa de hacerle, y haberse expuesto a semejante sofión. Pero lo cierto es que nunca, hasta entonces, había pensado en la distancia que la diferencia de fortuna, de raza, de educación y de estado ponía entre la joven y él. Acostumbrado como estaba, desde cinco o seis años, a considerar los minerales bajo un punto de vista puramente científico, los diamantes no eran a sus ojos más que simples ejemplares de carbono, buenos para figurar en el Museo de la Escuela de Minas. Además, como tenía en Francia una existencia social mucho más elevada que la de los Watkins, no había considerado apenas el valor mercantil del rico placer que poseía el granjero. Ni por un momento se le había ocurrido que pudiera existir desproporción entre la hija del viejo propietario de Vandergaart Kopje y un ingeniero francés. Si esta consideración se hubiera ofrecido a su espíritu, es probable que con sus ideas de parisiense y de antiguo alumno de la Escuela Politécnica, se hubiera creído más bien en peligro de hacer lo que se ha convenido en llamar un mal casamiento.
