La estrella del sur
La estrella del sur Verdaderamente el aspecto de ambos caballeros, cuando emprendieron la partida a la mañana siguiente, no dejaba de resultar sumamente extraño. Es dudoso que Cyprien hubiera consentido en presentarse con semejante cabalgadura a los ojos de miss Watkins, en la calle Mayor del campo de Vandergaart. Pero estaban en el desierto, y las jirafas no debían ser una montura mucho más extravagante que un dromedario. Hasta su marcha ofrecía cierto parecido con la de aquellos «barcos del desierto». Era horriblemente dura y afectada de un verdadero cabeceo, lo cual motivó el efecto, de un ligero mareo.
Pero al cabo de un par de horas, Cyprien y el chino se encontraron suficientemente aclimatados. Todo, pues, marchaba bien, las jirafas iban a buen paso y se mostraban dóciles, después de algunas tentativas de rebelión, que fueran inmediatamente reprimidas.
Ahora se trataba de ganar, a fuerza de actividad, todo el tiempo perdido en los tres o cuatro últimos días de viaje. Matakit debía haber adelantado mucho. ¿Le habría alcanzado ya Annibal Pantalacci? Sea como fuere, Cyprien estaba bien resuelto a no descuidar nada para llegar a su objeto.
