La estrella del sur

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Pero Matakit acababa por fin de tocar la linde del bosque y desapareció en el momento que Annibal Pantalacci, violentamente desazonado rodaba por el suelo, mientras su caballo se escapaba a través de los campos.

—¡Matakit se nos escapa! —gritó Li.

—¡Sí, pero el bribón de Pantalacci es nuestro! —contestó Cyprien, y ambos apretaron la marcha de sus jirafas. Media hora después, habiendo franqueado enteramente el campo de maíz, se hallaban sólo a una distancia de quinientos pasos del lugar en que el napolitano acababa de caer. La cuestión para ellos era saber si Pantalacci había podido levantarse y llegar a la espesura de lentiscos, o si yacía en el suelo gravemente herido por su caída, tal vez muerto.

El miserable estaba allí. Cyprien y Li se pararon a cien pasos de distancia. He aquí lo que había sucedido.

El napolitano, en el ardor de su persecución, no había percibido una gigantesca red, tendida por los cafres para apresar a los pájaros que hacen a sus cosechas una guerra incesante. En esta red había venido a enredarse Annibal Pantalacci.


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