La estrella del sur

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La ausencia de todo camino hacía esta operación penosa, sobre todo por la necesidad en que se veían a veces de llevar a las jirafas por la brida. Así fue que emplearon más de tres horas en franquear una distancia de siete u ocho kilómetros a vista de pájaro.

Por fin, cuando hubieron llegado casi al nivel de su punto de partida, sobre la orilla opuesta, se acercaba la noche. Rendidos de fatiga se decidieron a acampar en aquel punto. Pero con los pocos recursos que tenían, esta instalación no podía ser confortable. Li, sin embargo, se ocupó, de ello con su celo habitual; hecho esto, se reunió con su amo.

—Padrecito —le dijo con su voz cariñosa e insinuante a la vez—, veo que estáis fatigado. ¡Nuestras provisiones están casi enteramente agotadas! Dejadme ir en busca de algún pueblo donde puedan prestarnos auxilio.

—¿Quieres abandonarme, Li? —preguntó Cyprien.

—¡Es forzoso, padrecito! —respondió el chino—. Tomaré una de las jirafas y marcharé hacia el Norte… La capital de ese Tonaia, de quien nos ha hablado Lopepe, no puede estar ya lejos; yo me arreglaré de modo que os hagan una buena acogida. Después nos volveremos al Griqualandia, donde nada tendréis ya que temer de esos miserables, puesto que los tres han sucumbido en esta expedición.


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