La estrella del sur

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Miss Watkins, observando lo que se decía en los claims, vivía en angustia constante.

¡Y no sin razón! Se alzaba contra Cyprien un tollé, que no parecía deber limitarse a recriminaciones, sino a proceder a varias de hecho.

En efecto, una noche, al volver a su visita al horno, Cyprien encontró destruido su emplazamiento.

Durante una ausencia de Bardik, un grupo de hombres, aprovechando la oscuridad, había destrozado en algunos minutos la obra de muchos días.

La construcción había sido demolida, los hornos partidos, extinguidos los fuegos, los utensilios rotos y dispersos. Nada quedaba del material que había costado tantos cuidados y penas al joven ingeniero. Había que volver a empezar, si era hombre de proceder ante la fuerza, o abandonar la partida.

—¡No! —exclamó—. No he de ceder, y mañana me quejaré contra los miserables que han destruido mi propiedad. Veremos si hay justicia en el Griqualandia.

Había una; pero no con la que contaba el joven ingeniero.

Sin decir nada a nadie, sin poner en conocimiento de miss Watkins lo ocurrido, por el temor de causarle un nuevo espanto, Cyprien se dirigió a su cabaña y se acostó, decidido a elevar una queja al día siguiente, aun cuando tuviese que recurrir al gobernador del Cabo.


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