📕 La estrella del sur (Verne, p. 347) - PlanetaLibro.net

La estrella del sur

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XXII. Nuevo género de mina

La joven Watkins se enteró como todo el mundo de lo que había pasado, tanto de la escena de los hombres enmascarados como de la desagradable y dura decepción sufrida por el joven ingeniero.

—Y bien, monsieur Cyprien —dijo, cuando estuvo al corriente de todo—, ¿no vale vuestra vida más que todos los diamantes del mundo?

—Querida Alice…

—No pensemos más en ello, y renunciad desde ahora a esa clase de experimentos.

—¿Me lo ordenáis? —preguntó el joven.

—¡Sí, sí! —respondió la joven—. Os ordeno cesar como os ordené emprender… puesto que os allanáis a recibir órdenes mías.

—¡Y con cuánto placer las ejecuto! —declaró Cyprien, tomando la mano que le tendía la joven.

Pero cuando el ingeniero la enteró de la sentencia que condenaba a Matakit, quedó aterrada y especialmente cuando supo la parte que en ella había tomado su padre.

Alice también dudaba de la culpabilidad del cafre. Estaba en este punto de acuerdo con Cyprien, y quiso intentado todo por salvar al desgraciado negro.


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