La estrella del sur
La estrella del sur La inesperada petición del joven ingeniero resultó verdaderamente teatral. Por pequeña que fuese la sensibilidad de su naturaleza semisalvaje, todos los asistentes, invitados del granjero, no pudieron por menos de aplaudir furiosamente. Aquel desinterés había logrado conmoverlos.
Alice, con los ojos bajos, el corazón palpitante, la única tal vez que no se mostró sorprendida por la demanda del joven, se mantenía en silencio cerca de su padre.
El desgradado granjero, anonadado aún por el golpe que acababa de recibir, había levantado la cabeza.
Y, en efecto, conocía lo bastante a Cyprien para estar cierto de que, dándole a su hija, aseguraba a la vez el porvenir y la felicidad de Alice; pero aun no quería, mediante un gesto, indicar que no veía objeción alguna para este casamiento.
Cyprien, confundido ante la pública manifestación a que le había conducido el ardor de su ternura; sentía también la singularidad de suposición, y se reprochaba no haber podido ser más dueño de sí mismo.
En medio de este general embarazo, tan fácil de comprender, Jacobus Vandergaart dio un paso hacia el granjero…
