La estrella del sur

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III. La ciencia y la amistad

Es menester afirmar en honor a nuestro joven ingeniero francés, que no había venido a Griqualandia para perder su tiempo en aquel ambiente de rapacidad, embriaguez y humo de tabaco. Había sido encargado del levantamiento de los planos topográficos y geológicos de ciertos lugares del país, de recoger ejemplares de rocas y de tierras diamantíferas y de llevar a cabo sobre el terreno delicados análisis. Su primera atención había sido, pues, el procurarse una habitación tranquila donde montar su laboratorio y que sirviese, por decido así, de centro a sus exploraciones a través del distrito minero.

El montecillo sobre el que se alzaba la granja Watkins llamó en seguida su atención, como un lugar que podía ser muy favorable a sus trabajos. Bastante alejado del campo de los mineros para no sufrir gran molestia por tan ruidosa vecindad, Cyprien se encontraría próximamente a una hora de marcha de los kopjes más lejanos, porque el distrito diamantífero no tiene más de diez o doce kilómetros de circunferencia. Sucedió, pues, que elegir una de las casas abandonadas por John Watkins, negociar su alquiler, e instalarse, fue para el joven ingeniero asunto de medio día.

El granjero, por su parte, se mostró de buena disposición; se fastidiaba bastante en su soledad y vio con verdadero placer instalarse a su lado al joven, que sin duda había de proporcionarle alguna distracción.


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