La estrella del sur
La estrella del sur —Sà que lo recuerdo —afirmó miss Watkins—. Todo el mundo estaba como loco en el Griqualandia; no se veÃa sino gentes armadas de picos y palas, explorando todas las tierras, desviando el curso de los arroyos para examinar sus lechos, no soñando ni hablando más que de diamantes. Pequeña y todo como era, os aseguro, monsieur Méré, que habÃa momentos en que me molestaba todo aquello. Pero decÃais que el diamante es caro porque escasea… ¿Es ésa su única cualidad?
—No precisamente, miss Watkins. Su transparencia, su brillo cuando ha sido tallado de manera que refracte la luz, la dificultad misma de esta talla y, por último, su extremada dureza, hacen de él un cuerpo en realidad muy interesante para el sabio, y aun añadiré que muy útil para la industria. Ya sabéis que no se le puede pulir sino con su propio polvo, y esta preciosa dureza ha permitido utilizarle, desde hace algunos años, para la perforación de las rocas. Sin el socorro de esta gema, no sólo serÃa muy difÃcil trabajar el vidrio y otras muchas sustancias duras, sino que el perforar los túneles y las galerÃas de las minas sena también mucho más penoso.