La estrella del sur
La estrella del sur Fácil era ver con sólo considerar este breve discurso, que Cyprien tenía la costumbre, ante todo, de marchar directamente hacia su objeto y de hablar con entera franqueza.
Su fisonomía no desmentía la impresión que causaba su lenguaje; era la de un joven ocupado habitualmente en las altas concepciones científicas, que no da a las vanidades mundanas más tiempo que el estrictamente necesario.
Sus cabellos castaños, bien cortados, la sencillez de su traje de viaje, de cutis gris, el sombrero de paja de diez sueldos, que había colocado al entrar sobre una silla, a pesar que su interlocutor permanecía imperturbablemente cubierto, con esa poca aprensión habitual a los tipos de la raza anglosajona, todo en Cyprien Méré denotaba un espíritu serio, como su mirada límpida revelaba un corazón puro y una conciencia recta.
Es menester agregar también, que este joven francés hablaba el idioma inglés con perfección, como si hubiese vivido largo tiempo en los condados más británicos del Reino Unido.
Mister Watkins le escuchaba fumando una larga pipa, sentado en un sillón de madera, la pierna izquierda extendida sobre un taburete de paja, el codo en el extremo de una mesa rústica, frente a un frasco de ginebra y de un vaso lleno de este licor alcohólico.