La invasion del mar
La invasion del mar —Aqui —decĂa aquella noche el suboficial Nicol al cabo Pistache y a Francois— estamos en el paĂs de los dátiles por excelencia, en la verdadera datilera como dice mi capitán y dirĂan seguramente mis camaradas Adelantado y su inseparable compañero, si Dios les hubiera concedido el don de la palabra.
—Buena —repuso Pistache—, los dátiles son siempre dátiles, y sean de Gabes o de Tozeur, no cabe duda que proceden de una palmera… ÂżNo es asĂ, señor Francois?
Se decĂa siempre «señor Francois» cuando se nombraba a este personaje. El mismo ingeniero le Llamaba siempre asĂ, y el ordenanza lo tenĂa a gran orgullo.
—No se que decirle a usted —contesto con voz grave, pasando la mano por su barbilla, que rasuraba todos los dĂas—. Confieso que no me entusiasma esa fruta, buena para los árabes, no para los normandos como yo.
—Verdaderamente es usted un hombre difĂcil, señor Francois —exclama Nicol—. ¡Buena para los árabes!
—Querra usted decir demasiado buenos para ellos, pues son incapaces de apreciarlos como se merecen. ¡Los dátiles, si yo darĂa por ellos las peras, las manzanas, las naranjas… todas las frutas de Francia!
—Pues no son de desdeñar —declaro Pistache, deslizando la lengua entre sus labios.
