La invasion del mar

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—Para hablar así —replica Nicol— es preciso no haber probado los dátiles del Djerid. Yo le daré a usted mañana uno, cogido en el mismo árbol, duro y transparente, y que, cuando se seca, forma una deliciosa pasta azucarada… Ya me dirá usted lo que le ha parecido… Es sencillamente un fruto del paraíso terrenal, y siempre he creído que si Adan, nuestro primer padre, sucumbió, fue porque Eva le dio a probar un dátil y no una manzana.

—Es posible —añadía el cabo Pistache, que siempre respetaba la autoridad del suboficial.

—Y no crea usted, señor Francois, que soy el único que tiene esta opinión de los dátiles del Djerid, y especialmente de los del oasis de Tozeur. Preguntele usted al capitán Hardigan y al teniente Villette si los conocen. Y, por ultimo, pregunte usted también al Adelantado y al perro.

—¡Cómo! —exclama Francois, cuyo semblante expresaba la sorpresa—. ¿También el perro y el caballo?…

—Ya lo creo, se vuelven locos por los dátiles, y los olfatean a una legua de distancia. Mañana se regalaran con un puñado que yo les echare.

—Buena, señor Nicol —contesto Francois—; si a usted le place, el cabo Pistache y yo haremos honor a unas cuantas docenas de esos estimables productos del Djerid.


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