La invasion del mar
La invasion del mar Habíase pensado en denominar Roudaire-Ville al punto donde desembocaba el segundo canal en el Melrir. Pero luego, como el canal tenía por término el borde occidental, decidióse reemplazar su nombre por el del presidente de la Compañía franco-extranjera, y reservar el de Roudaire para el puerto que habría de establecerse del lado de Mraier o de Setil, en conexión con el transahariano, o enlazándose con una línea férrea. Pero la costumbre había hecho que, entretanto, se designase este punto por el kilómetro 347.
De la trinchera, en la última sección, apenas quedaba vestigio. Las arenas habíanse amontonado en toda su anchura y en una extensión de más de cien metros. Que la excavación no estuviera totalmente terminada era admisible. Pero, en esta época —y el señor de Schaller no lo ignoraba—, como mucho un burlete de mediocre espesor hubiera tenido que cerrar la extremidad del canal, y algunos días hubieran bastado para vaciarlo. Evidentemente, algunos grupos nómadas, adoctrinados, fanatizados, habían pasado por allí y destruido en un día lo que tanto trabajo había costado construir.
Inmóvil, sobre una reducida explanada que dominaba el canal en su unión con la hondonada, mudo, cerca de los dos oficiales, el ingeniero, no pudiendo creer a sus ojos, contemplaba melancólicamente todo el desastre.
