La invasion del mar
La invasion del mar Durante estos últimos años dirigió multitud de ataques contra caravanas y destacamentos aislados, y su renombre fue agrandándose entre las tribus que refluían poco a poco hacia el este del Sahara, nombre que se aplica a la inmensa llanura sin vegetación de esta porción del continente africano. La rapidez de sus movimientos era desconcertante, y aunque las autoridades habían reiterado las más apremiantes órdenes a los jefes militares para que a toda costa se apoderasen de su persona, él había sabido despistar a sus perseguidores. Cuando se le señalaba en las proximidades de un oasis, aparecía de improviso en los alrededores de otro; y a la cabeza de una banda de tuaregs, tan feroces como su jefe, batía todo el país, sembrando la alarma por todas partes. Las cáfilas no osaban aventurarse a través del desierto sin la salvaguardia de una fuerte escolta. Así es que el importante tráfico que se efectuaba por aquella parte hasta los mercados de Tripolitania sufría no escaso quebranto con este estado de cosas.
Y, sin embargo, ni Nefta, ni Gafsa, ni Tozeur, capital de esta región, estaban desguarnecidos militarmente. Pero las expediciones contra Hadjar y su banda no habían tenido nunca éxito, y el audaz guerrero había siempre conseguido sustraerse a sus perseguidores, hasta el día en que cayó en poder de un destacamento francés.