La invasion del mar

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Inmediatamente se hizo un montón de hojarasca y ramas secas; funcionó el eslabón. Desprendióse una viva llama que ganó las ramas superiores, y una viva claridad iluminó las tinieblas alrededor del islote.

—¡Si no ven nuestro fuego de alegría, es que están ciegos en ese vapor! —dijo Pistache.

Sin embargo, la llamarada no duró más de una hora. La reseca madera de los árboles se consumió rápidamente, y cuando se extinguieron los últimos resplandores no se sabía si el navío hablase aproximado al tell, pues no señaló su presencia por ningún cañonazo de a bordo.

Profundas tinieblas volvieron a reinar en torno al islote. La noche transcurrió sin que ninguna sirena de vapor, ningún ruido de hélice llegase a los oídos de los fugitivos.

—¡Allí está! ¡Allí está! —gritó Pistache en cuanto despuntó el alba, al mismo tiempo que el perro ladraba con todas sus fuerzas.

El cabo no se equivocaba.

A dos millas del tell estaba anclado un vaporcito con pabellón francés. Cuando las llamas iluminaron la cresta del tell, el comandante había modificado el rumbo poniendo proa al sudeste. Pero extinguida la luz que hacía las veces de faro, no era prudente avanzar, y echó el ancla para pasar allí la noche.


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