La invasion del mar
La invasion del mar Durante la noche del 26 al 27, las aguas del golfo se habÃan esparcido por la superficie de esta parte oriental del Djerid. Desde entonces, existÃa de hecho una comunicación entre la Pequeña Sirte y el Melrir, comunicación perfectamente practicable, puesto que un barco habÃa podido seguir una ruta marÃtima a través de la región inundada de los sebkha y de los chotts.
Veinte minutos después, dibujábase en el horizonte la chimenea del vapor, del primer vapor que surcaba las aguas del nuevo mar.
—¡Señales, hagamos señales! —dijo uno de los espahÃes.
¿Cómo hacer para que los de a bordo las divisaran?
El barco debÃa de estar a dos leguas, lo menos, y la noche se echaba encima.
Entonces, el mismo espahà no fue dueño de exclamar en un rapto de desesperación:
—¡Estamos perdidos!…
—¡Nada de eso! ¡Salvados, salvados! —exclamó Hardigan—. Nuestras señales, que no hubieran divisado de dÃa, serán perfectamente visibles durante la noche.
Y añadió:
—¡Fuego a los árboles!
—¡Bravo, mi capitán! —gritó entusiasmado Pistache—. ¡Fuego a los árboles!