La invasion del mar

La invasion del mar

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La noche se aproximaba, y después del ligero refrigerio de la mañana, los fugitivos no tenían ya nada que comer. En el islote no había ningún tubérculo comestible; en los árboles no posaba ni el más diminuto pajarillo con el que se hubiera contentado un estómago atormentado. En vano trató Pistache de ver si podía hallar algún pescado; y en cuanto a la sed, no podía apagarla el agua salobre del mar.

Hacia las siete y media de la tarde, en el momento en que los rayos solares iban a extinguirse, el señor Francois, que miraba en dirección nordeste, dijo con una voz en la que nadie hubiera descubierto la menor emoción:

—Humo…

—¿Humo? —exclamó Pistache.

—Humo —repitió el señor Francois.

Todos los ojos se volvieron en la dirección indicada.

No cabía duda, era una columna de humo que el viento empujaba hacia el tell, y que se veía ya distintamente.

Los fugitivos permanecieron mudos, con el temor de que aquella esperanzadora señal de salvación no desapareciese con el navío que la producía.

Así pues, la explicación del ingeniero era verdadera. Sus previsiones acababan de realizarse.


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