La invasion del mar
La invasion del mar —¿Qué es lo que tú sabes?
—SĂ© lo que he oĂdo en el puerto.
—¿Se hablaba del barco que viene a buscar… que se llevará a Hadjar?
—SĂ, a TĂşnez, donde será juzgado.
—¿Y condenado?
—Condenado.
—¡Alá no lo permitirá, Soban…! ¡No, no lo permitirá!…
—¡Silencio! —exclamó vivamente Sohar prestando atención, como si advirtiese ruido de pasos en la arena.
Sin levantarse, deslizose hacia la entrada del morabito abandonado, donde tenĂa lugar esta conversaciĂłn. AĂşn no habĂa anochecido, pero el sol no tardarĂa en desaparecer detrás de las dunas que bordean por aquel lado el litoral de la Pequeña Sirte.
En los primeros dĂas de marzo, los crepĂşsculos no son largos a los treinta y cuatro grados del hemisferio septentrional.
El radiante astro no transpone el horizonte en lento y oblicuo descenso: más bien parece que sigue la vertical rápidamente, como un cuerpo sometido a las leyes de la gravedad.
