La Isla misteriosa

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-¡Si ha aparecido el perro, el amo aparecerá también! -dijo el periodista.

-¡Dios lo quiera! -contestó Harbert-. ¡Partamos! ¡Top nos guiará!

Pencroff no hizo ninguna objeción, comprendiendo que la llegada de Top desmentía sus conjeturas.

-¡En marcha! -dijo.

Pencroff recubrió con cuidado el carbón del hogar, puso unos trozos de madera bajo las cenizas, de manera que, cuando volvieran, encontraran fuego, y, precedido del perro, que parecía invitarlo con sus ladridos, y seguido del corresponsal y del joven, se lanzó fuera, después de haber tomado los restos de la cena.

La tempestad estaba entonces en toda su violencia y quizá en su máximum de intensidad. La luna nueva entonces, por consiguiente, en conjunción con el sol, no dejaba filtrar la menor luz a través de las nubes. Seguir un camino rectilíneo era difícil; lo mejor era dejarse llevar del instinto de Top; así lo hicieron. El reportero y el muchacho iban detrás del perro, y el marino cerraba la marcha. No hubiera sido posible cambiar unas palabras. La lluvia no era muy abundante, porque se pulverizaba al soplo del huracán, pero el huracán era terrible. Sin embargo, una circunstancia favorecía felizmente al marino y a sus dos compañeros: el viento venía del sudeste y, por consiguiente, les daba de espalda. 


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