La Isla misteriosa
La Isla misteriosa --Esto es lo que temía el capitán Nemo -murmuró Ciro Smith, cuyo rostro se puso ligeramente pálido -. Sin embargo, hay que llegar hasta el fin.
-Vamos -exclamó Ayrton, que se inclinó sobre sus remos y empujó la canoa hacia la pared del fondo de la cripta.
Veinticinco minutos después de haber entrado llegaba la canoa a la pared donde terminaba. Ciro Smith, subiendo entonces sobre su banco, registró con el farol las diversas partes de la pared que separaba la cripta de la chimenea central del volcán. ¿Qué espesor tenía aquella pared?
¿Era de cien pies o de diez? No podía adivinarse. Pero los ruidos subterráneos eran demasiado perceptibles para que fuese muy espesa. El ingeniero, después de haber explorado la muralla siguiendo una línea horizontal, fijó el farol a la punta de un remo y registró con él de nuevo las alturas de la pared basáltica. Allí, por hendiduras apenas visibles, a través de los prismas mal unidos, transpiraba un humo acre, que infectaba la atmósfera de la caverna. La pared estaba cubierta de hendiduras, y algunas de ellas, claramente señaladas, bajaban hasta dos o tres pies sobre la superficie de las aguas de la cripta. Ciro Smith se quedó pensativo. Después murmuró estas palabras: