La Isla misteriosa
La Isla misteriosa -¡Desdicha, desdicha! -repetÃa con frecuencia Pencroff-. ¡Si tuviéramos, aunque no fuera más que una cáscara de nuez para ir a la isla Tabor! ¡Pero nada, nada!
-El capitán Nemo ha hecho bien en morirse -dijo una vez Nab.
Durante los cinco dÃas que siguieron Ciro Smith y sus infelices compañeros vivieron con la mayor parsimonia, comiendo lo preciso para no morir de hambre. Su debilidad era extrema y Spilett y Harbert empezaron a dar alguna señal de delirio. En esta situación ¿podÃan conservar una sombra de esperanza? No.
¿Cuál era la única probabilidad de salvación que les quedaba? ¿Que pasara un buque a la vista del arrecife? SabÃan muy bien, por experiencia, que aquella parte del PacÃfico nunca era visitada por los buques. ¿PodÃan contar con que, por una coincidencia verdaderamente providencial, viniera el yate en aquellos dÃas a buscar a Ayrton a la isla Tabor? Era imposible. Por otra parte, aun admitiendo que viniera, como los colonos no habÃan podido enviar a la isla una noticia que indicase el cambio ocurrido en la situación de Ayrton, el comandante del yate, después de haber registrado la isla sin resultado, se harÃa de nuevo a la mar y pasarÃa a latitudes más bajas.