La Isla misteriosa

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-¡Bien dicho! -replicó Pencroff-. Debemos, sin embargo, esperar que esta isla, si lo es, no se encontrará precisamente situada fuera de la ruta de los barcos. ¡Sería verdaderamente el colmo de la desgracia!

-No sabremos a qué atenernos sino después de haber subido a la cima de la montaña -añadió el ingeniero.

-Pero mañana, señor Ciro -preguntó Harbert-, ¿podrá soportar usted las fatigas de esta ascensión?

-Así lo espero -contestó el ingeniero-, pero a condición de que Pencroff y tú, hijo mío, os mostréis cazadores inteligentes y diestros.

-Señor Ciro -dijo el marino-, ya que habla usted de caza, si a mi vuelta estuviera tan seguro de poderla asar como estoy tan seguro de traerla...

-Tráigala usted de todos modos, Pencroff -dijo Ciro Smith. Se convino, pues, que el ingeniero y el corresponsal pasarían el día en las Chimeneas, a fin de examinar el litoral y la meseta superior. Durante este tiempo, Nab, Harbert y el marino volverían al bosque, renovarían la provisión de leña y harían acopio de todo animal de pluma o de pelo que pasara a su alcance.

Partieron, pues, hacia las diez de la mañana: Harbert, confiado; Nab, alegre; Pencroff, murmurando para sí:

-Si a mi vuelta encuentro fuego en casa, es porque el rayo en persona habrá venido a encenderlo.


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