La Isla misteriosa
La Isla misteriosa -Esperemos -dijo el joven-, ya saldrá a la superficie para respirar.
-¿No se ahogará? -preguntó Nab.
-No -contestó Harbert-, porque tiene los pies palmeados, y casi es un anfibio. Pero aguardemos.
Top había seguido nadando. Pencroff y sus dos compañeros fueron a ocupar cada uno un punto de la orilla, a fin de cortar toda retirada al cabiay, que el perro buscaba nadando en la superficie del pantano. Harbert no se había equivocado. Después de unos minutos, el animal volvió a la superficie del agua. Top, de un salto, se lanzó sobre él y le impidió sumergirse de nuevo. Un instante después el cabiay, arrastrado hasta la orilla, había muerto de un bastonazo de Nab.
-¡Hurra! -exclamó Pencroff, que empleaba con frecuencia este grito de triunfo-. Ahora sólo falta fuego, y este roedor será roído hasta los huesos. Pencroff cargó el cabiay sobre sus espaldas y, calculando por la altura del sol que debían ser cerca de las dos de la tarde, dio la señal de regreso.
El instinto de Top no fue inútil a los cazadores que, gracias al inteligente animal, pudieron encontrar el camino ya recorrido. Media hora después llegaron al recodo del río.