La Isla misteriosa
La Isla misteriosa -Ya lo está viendo, amigo -exclamó el corresponsal-. Hay fuego, verdadero fuego, que asará perfectamente esa magnÃfica pieza, con la cual nos regalaremos dentro de poco. -Pero ¿quién lo ha encendido? preguntó Pencroff.
-¡El sol!
La respuesta de Gedeón Spilett era exacta. El sol habÃa proporcionado aquel fuego del que se asombraba Pencroff. El marino no querÃa dar crédito a sus ojos, y estaba tan asombrado, que no pensó siquiera en interrogar al ingeniero.
-¿TenÃa usted una lente, señor? -preguntó Harbert a Ciro Smith.
-No, hijo mÃo -contestó éste-, pero he hecho una. Y mostró el aparato que le habÃa servido de lente. Eran simplemente los dos cristales que habÃa quitado al reloj del corresponsal y al suyo. Después de haberlos limpiado en agua y de haber hecho los dos bordes adherentes por medio de un poco de barro, se habÃa fabricado una verdadera lente, que, concentrando los rayos solares sobre un musgo muy seco, habÃa determinado la combustión.
El marino examinó el aparato y miró al ingeniero sin pronunciar palabra. Pero su mirada era todo un discurso. SÃ, para él, Ciro Smith, si no era un dios, era seguramente más que un hombre. Por fin, recobró el habla y exclamó: