La Isla misteriosa

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Los accidentes eran numerosos en aquel suelo, al que habían convulsionado evidentemente las fuerzas plutónicas. Acá y allá se veían bloques graníticos, restos innumerables de basalto, piedra pómez, obsidiana y grupos aislados de esas coníferas que, algunos centenares de pies más abajo, en el fondo de estrechas gargantas, formaban espaciosas espesuras, casi impenetrables a los rayos del sol. Durante la primera parte de la ascensión en las rampas inferiores, Harbert hizo observar las huellas que indicaban el paso reciente de fieras o de animales.

-Esos animales no nos cederán quizá de buena gana su dominio -dijo Pencroff.

-Bueno -contestó el reportero, que había cazado ya el tigre en India y el león en Africa-, procuraremos desembarazamos de ellos; pero, entretanto, andemos con precaución.

Iban subiendo poco a poco, pero el camino, que aumentaba con los rodeos que había que dar para superar los obstáculos que no podían ser vencidos directamente, se hacía largo. Algunas veces el suelo faltaba y se encontraban en el borde de profundas quebradas, que no podían atravesar sin dar rodeos. Volver sobre sus pasos, para seguir algún sendero practicable, exigía tiempo y fatiga a los exploradores. 


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