La Isla misteriosa
La Isla misteriosa El reloj del ingeniero se había parado, mientras Ciro Smith había estado exánime en las dunas.
El ingeniero le dio cuerda y, calculando por la altura del sol que aproximadamente debían ser las nueve de la mañana, puso su reloj en aquella hora.
Gedeón Spilett lo iba a imitar, cuando el ingeniero le cogió de la mano, diciéndole:
-No, no, querido Spilett, espere. Ha conservado usted la hora de Richmond, ¿no es eso?
-Sí.
-Por consiguiente, su reloj está puesto al meridiano de aquella ciudad, meridiano que sobre poco más o menos es el de Washington.
-Sin duda.
-Pues bien, consérvelo así. Conténtese usted con darle cuerda, pero no toque las agujas. Esto nos podrá servir.
“¿Para qué?”, pensó el marino.
Almorzaron con tanto apetito, que la reserva de caza y de piñones quedó totalmente agotada. Pero Pencroff no se inquietó por eso; ya se abastecerían por el camino. Top, cuya parte de alimento había sido muy escasa, sabría encontrar caza entre los matorrales. Además, el marino pensaba pedir sencillamente al ingeniero que fabricase pólvora y uno o dos fusiles de caza, en lo cual no creía que tuviera dificultad. Al bajar de las mesetas,