La Isla misteriosa
La Isla misteriosa -Harbert -replicó sentenciosamente el marino-, ¡no hay para mí más que una sola especie de canguros, el “canguro de asador”, y éste nos faltará esta tarde!
Los demás se rieron al oír la nueva clasificación de Pencroff. El bravo marino no ocultó su disgusto por verse reducido a comer faisanes cantores, pero la fortuna debía mostrarse una vez más complaciente con él.
En efecto, Top, comprendiendo que su interés estaba en juego, iba olfateando y buscando por todas partes con instinto duplicado y apetito feroz. Era probable que, si alguna pieza de caza caía en sus dientes, no quedaría ni pizca para los cazadores, pues en aquel momento Top cazaba por su propia cuenta; pero Nab lo vigilaba y hacía bien. Hacia las tres de la tarde el perro desapareció entre la maleza y sordos gruñidos indicaron pronto que había dado con algún animal. Nab fue tras él y vio a Top devorando con avidez un cuadrúpedo, cuya naturaleza diez segundos después hubiera sido imposible reconocer en el estómago de Top.