La Isla misteriosa

La Isla misteriosa

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Los cazadores se escondieron detrás de las rocas del litoral y esperaron en silencio. Transcurrió una hora antes que las focas vinieran a solazarse por la arena. Había media docena; Pencroff y Harbert salieron entonces para doblar la punta del islote, tomarles la playa y cortarles la retirada, mientras Ciro Smith, Gedeon Spilett y Nab, trepando por las rocas, se dirigían hacia el futuro teatro del combate. De improviso el marino se irguió lanzando un grito. El ingeniero y sus dos compañeros se precipitaron entre el mar y las focas. Dos de aquellos animales quedaron muertos en la arena a fuerza de varios golpes vigorosos, pero los demás pudieron llegar al mar y tomar el lago.

-Aquí están las focas pedidas, señor Ciro -dijo el marino adelantándose hacia el ingeniero.

-Bien -contestó Ciro Smith-. Haremos de ellas fuelles de fragua.

-¡Fuelles de fragua! -exclamó Pencroff-; ¡vaya unas focas afortunadas!

En efecto, era una máquina para soplar lo que necesitaba el ingeniero para el tratamiento del mineral, y pensaba fabricarla con la piel de aquellos anfibios.

Su longitud era mediana; no pasaban de seis pies y tenían la cabeza semejante a la de un perro.


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