La Isla misteriosa
La Isla misteriosa La fibra debía arder durante veinticinco minutos, y, efectivamente, veinticinco minutos después resonó una explosión de cuyo estrépito sería imposible dar una idea. Parecía que toda la isla temblaba sobre su base. Una nube de piedras se proyectó en los aires, como si hubieran sido vomitadas por un volcán.
La sacudida, producida por el aire que las piedras desalojaban, fue tal, que hizo oscilar las rocas en las Chimeneas. Los colonos, aunque estaban a más de dos millas de distancia, fueron derribados al suelo. Se levantaron, salieron a la meseta y corrieron hacia el sitio donde el dique del lago debía haber sido destruido por la explosión. Un triple hurra se escapó de sus pechos. El dique de granito estaba hendido formando un ancho boquete. Por él, una corriente de agua se escapaba lanzando espuma a través de la meseta, llegaba a la cresta y se precipitaba sobre la playa desde una altura de trescientos pies.
El proyecto de Ciro había tenido éxito, pero, según su costumbre, sin manifestar ninguna satisfacción, los labios cerrados y la mirada fija, permaneció inmóvil. Harbert estaba entusiasmado; Nab saltaba de gozo; Pencroff movía su gruesa cabeza, murmurando:
