La Isla misteriosa
La Isla misteriosa -¿Qué quiere, amigo? -preguntó el ingeniero, como si hubiera despertado de un ensueño.
-Las antorchas van a apagarse pronto.
-En marcha -contestó Ciro Smith.
La comitiva salió de la caverna y comenzó su ascensión a través del oscuro conducto. Top cerraba la marcha y lanzaba todavía singulares gruñidos. La subida fue muy penosa; los colonos se detuvieron algunos instantes en la gruta superior, que formaba una especie de meseta a la mitad de aquella larga escalera de granito; después continuaron subiendo.
En breve se sintió un aire más fresco; las gotitas, secadas por evaporación, ya no centelleaban en las paredes; la claridad fuliginosa de las antorchas iba palideciendo; la que llevaba Nab se extinguió y fue preciso apresurar el paso para no quedar en medio de una oscuridad profunda. Poco antes de las cuatro de la tarde, en el momento en que se apagaba la última antorcha, que era la del marino, Ciro Smith y sus compañeros salían por el orificio del desagüe.
