La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Gedeón Spilett había dispuesto artísticamente en los salientes de la roca, alrededor de las ventanas, plantas de diversas especies y largas hierbas flotantes, y de esta manera los huecos tenían un marco de verdor pintoresco y de un efecto delicioso.
Los habitantes de aquella mansión sólida, sana y segura, debían estar satisfechos de su obra. Las ventanas permitían a sus miradas recrearse en un horizonte extensísimo, cerrado al norte por los dos cabos Mandíbulas, y al sur por el cabo de la Garra. Toda la bahía de la Unión se extendía magníficamente delante de sus ojos. Sí, los buenos colonos tenían razón para estar satisfechos, y Pencroff no escaseaba los elogios a lo que él llamaba riendo: “su habitación de quinto piso con entresuelo”.
